5.2.09

Título: Millones de gordas en busca de un autor

“…El otro día vino una amiga de las más íntimas a casa y me dijo: “Estoy a dieta”. Ok –dije– y ya estaba sacando de mi heladera la gelatina light. (Aclarando la situación antes expuesta) Si una es mujer debe tener su heladera preparada para cualquiera tipo de visita femenina: gordas a dieta, depresivas glotonas, recién divorciadas alcohólicas, embarazadas con falta de calcio, anoréxicas inconscientes, bulímicas compulsivas, profetas de los 3 litros de agua diaria, etc. Y yo estaba más que preparada para recibir a una amiga a dieta simplemente para bajar de peso. ¡Pero me equivoqué!
Ella sin más ni más, rechazó con un gesto despreciativo la poco tentadora gelatina como si le hubiese mostrado un algodón de azúcar a un diabético, y en su lugar sacó de su cartera una bolsa enorme de maní al mismo tiempo que muy holgada de cuerpo –¡qué paradoja!– me decía: “Estoy haciendo la disociada. Por lo que esta semana tengo permitido comer todo el maní y la grasa vacuna que desee. Pero eso sí, tengo prohibido ingerir cualquier tipo de frutas y verduras”.
¿Qué clase de dietas son esas! Que me acuerde, cuando yo era chica –que no fue hace tanto ¿eh?– estar a dieta para adelgazar significaba que mamá nos torturaba comprando el queso Saaverdra sin sal en lugar de la mermelada o el dulce de leche, galletitas Mayco de salvado en lugar de las sándwichs, y manzanas en vez del dulce de batata…” (Del libro de monólogos: Yo, el motivo que mejor conozco de Natalia Aparicio. Buenos Aires, 2006)

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